Diego Barceló Larran
DIRECTOR DE BARCELÓ & ASOCIADOS
Beneficios empresariales: Una contribución a la sociedad
Si uno hiciera una encuesta acerca de la naturaleza de los beneficios empresariales, lo más probable es que una gran mayoría respondiera que los mismos son, simplemente, una adición a los costes. Adición no sólo prescindible, sino incluso contraria a los intereses del consumidor, que podría conseguir todo más barato. Resumiré por qué esa idea popular es absolutamente errónea.
Un empresario piensa ofrecer un producto o servicio estimando los costes en que debería incurrir y, en especial, el precio al que podría vender ese bien. Si las estimaciones del empresario son correctas, habrá ganancias; de lo contrario, habrá pérdidas.
Las ganancias no restan al bienestar del consumidor. Toda compra se realiza porque el comprador valora más el bien que adquiere que el dinero que entrega a cambio. Una vez hecha la transacción, su bienestar necesariamente aumenta, porque posee algo que, desde su punto de vista, tiene más valor. Al vendedor le pasa lo contrario: valora más el dinero que obtiene que el bien que entrega a cambio. Así, ambas partes ganan con cada transacción.
Esto muestra que las ganancias no surgen de una mecánica adición de un margen por encima de los costes. Algo que no es ni puede ser así porque, simplemente, el empresario no determina los precios: él solo ofrece un bien a un precio determinado. Luego, la valoración del consumidor lo convalidará con su compra o no.
Por lo tanto, la ganancia es el resultado de una serie de estimaciones correctas por parte del empresario, a partir de las cuales el consumidor obtiene un bien que aprecia y mejora su bienestar. No sólo los beneficios no perjudican al consumidor, sino que son la evidencia de que el bienestar social ha mejorado.
Veámoslo desde otro punto de vista. ¿Qué sociedad sería más próspera? ¿Una en la que todas las empresas ganaran dinero, u otra en la que las empresas sufrieran pérdidas? La respuesta es evidente. Más allá de lo recién expuesto, sólo las empresas con beneficios pueden invertir, innovar, crear empleo, pagar sus créditos, formar a su personal y pagar impuestos. En cambio, las empresas con pérdidas destruyen empleo y pueden caer en situaciones de morosidad e, incluso, de cesación de pagos.
Si se entiende que las ganancias sólo surgen cuando un empresario consigue servir bien al consumidor y que las pérdidas son la consecuencia de no haberlo podido hacer, se comprenderán también otras dos cosas. Una es que el que manda es el consumidor; él es el soberano que con su libre decisión determina qué empresas ganan y cuáles no y en qué medida. La otra es que el mecanismo de pérdidas y ganancias es una forma de reasignar el capital hacia aquellos más aptos en atender las necesidades del consumidor.
Si el consumidor valora los bienes ofrecidos por una empresa, los comprará y generará beneficios. A su vez, esos beneficios permitirán la expansión de la empresa, que podrá continuar perfeccionando su oferta. Es decir, podrá seguir mejorando el servicio que presta al consumidor y aumentar su bienestar.
SI UNA EMPRESA NO PUEDE
ADAPTARSE A LO QUE REQUIERE
EL CONSUMIDOR ACABARÁ
DESAPARECIENDO
Por el contrario, cuando el consumidor no valora lo que ofrece una empresa, no compra y la misma incurre en pérdidas. Si esa empresa no puede adaptarse a lo que requiere el consumidor acabará desapareciendo. La acumulación de pérdidas significa que los recursos que tenía esa empresa menguan y son transferidos. ¿Hacia dónde? Hacia las empresas con beneficios. ¿Para qué? Para servir mejor al consumidor.
Si no existieran los beneficios empresariales, el empresario no tendría forma de saber si ha acertado con su producto o servicio, en qué medida lo ha hecho o si tiene que cambiar. Cosa que es toda una tarea que gira en torno a un único objetivo: satisfacer al consumidor del mejor modo posible y evitar pérdidas. Así, los beneficios empresariales son la prueba de un consumidor satisfecho; son la prueba de que contribuyen al bienestar social.