Franscisco Javier Peinado
PRESIDENTE DE LA CONFEDERACIÓN DE ORGANIZACIONES EMPRESARIALES DE LA PROVINCIA DE BADAJOZ (COEBA) Y SECRETARIO GENERAL DE LA CONFEDERACIÓN REGIONAL DE EMPRESARIAL EXTREMEÑA (CREEX)
"Un reto complejo pero posible"
Aunque son de sobra conocidas, no está de más recordar algunas cifras de la diáspora extremeña entre 1961 y 1975, pues, en buena parte, de aquellos polvos… Según los cálculos más conservadores, en esa década y media abandonaron Extremadura 576.000 personas, es decir, el 40% de la población. Además, la inmensa mayoría fueron jóvenes en plena edad laboral, entre 15 y 44 años.
Este desastre demográfico es, en gran parte, consecuencia del plan desarrollista del franquismo, que convirtió a Extremadura en la ‘despensa de España’ dedicada a la producción agroganadera, pero sin industria asociada, es decir, con escaso valor añadido, y exportadora de capital humano.
ES IMPRESCINDIBLE UNA REDUCCIÓN DE LA BUROCRACIA, INCENTIVAR LA INVERSIÓN PRODUCTIVA Y, POR ENCIMA DE TODO, UNAS INFRAESTRUCTURAS ACORDES CON LO QUE YA DISFRUTAN OTROS TERRITORIOS
No se atenúa el fenómeno de la emigración por la mejora de las condiciones en la región extremeña. No, muy al contrario, se frena pese a que la situación seguía siendo igual o peor, pero la crisis económica mundial de 1973 resta demanda de mano de obra foránea en las zonas de destino.
Los efectos
Valga esta introducción para contextualizar y caracterizar el primero de los efectos de aquella crisis demográfica de miseria, pobreza y maletas de cartón, y que ahora sufrimos de pleno: el envejecimiento de la población, puesto que en su día se marcharon, como decimos, personas jóvenes, generaciones enteras, que constituyeron sus núcleos familiares y construyeron su proyecto de vida lejos de su tierra de origen.
Un segundo efecto fue el abandono de las zonas rurales. El esfuerzo de la administración autonómica para no cerrar pueblos no evitó que la población fuera poco a poco marchándose a las ciudades, desequilibrando aún más el territorio. Los mismos pueblos, sí, pero cada vez con menos habitantes y más mayores. Así se configura el mapa económico actual: un sector primario preponderante, una industria con poca presencia, a excepción de las renovables y agroindustrial, y un sector servicios que gana enteros gracias a la pujanza del turismo pero, sobre todo, al peso de lo público.
Además, aunque la emigración haya caído numéricamente, ahora lo que emigra es el talento, personas jóvenes con buena formación que marchan en busca de nuevas oportunidades.
El reto
¿Estamos, pues, ante una tierra condenada, sin solución? Por obligación y convicción soy optimista, y prefiero seguir lo dicho por el ‘padre’ de la psicología social, Pichon-Rivière: “en tiempos de incertidumbre y desesperanza es imprescindible gestar proyectos colectivos desde donde planificar la esperanza junto a otros”.
Y en eso andamos en la CREEX, apostando por el diálogo social con Junta y sindicatos. Proyectos colectivos en torno a las nuevas oportunidades de la economía digital, que permite el trabajo a distancia, donde podemos ofrecer entornos de gran calidad de vida. También alrededor de las renovables con una posición privilegiada para la energía fotovoltaica y el autoconsumo eléctrico. Con inversiones industriales vinculadas al agua y a los recursos minerales, y, por supuesto, en torno a un turismo emergente que ofrece patrimonio natural, cultura, historia, tradiciones y gastronomía para el viajero que huye de la masificación y busca nuevas sensaciones.
Pero para que estos proyectos colectivos fragüen es imprescindible una reducción de la burocracia, incentivar la inversión productiva y, por encima de todo, unas infraestructuras acordes con lo que ya disfrutan otros territorios.
No podemos seguir siendo una isla interior, con proyectos ferroviarios, de conexiones por autovía, de energía y telecomunicación de segunda o tercera división. Así es difícil competir y desarrollar nuestro potencial, aunque ganas y empeño no falten.