Lorenzo Bernaldo De Quirós
ECONOMISTA
Los empresarios son una fuerza transformadora constante del sistema económico
Sin empresarios no existe una economía de mercado y, sin ella, es imposible impulsar un crecimiento sostenido capaz de elevar el nivel de vida de los individuos. A pesar de ello, de manera incomprensible, la función empresarial, el núcleo central del sistema capitalista, no sólo no ha ocupado el papel que le corresponde en casi todos los manuales de la teoría de los precios, sino que tiende a ser caricaturizada como el símbolo de la inmoralidad intrínseca del capitalismo. Sin embargo, el carácter imprescindible e insustituible de esa figura se fundamenta tanto en poderosas razones de eficiencia económica como de índole moral. De hecho, los empresarios son los héroes de esa epopeya que ha permitido elevar el bienestar de las sociedades avanzadas hasta cumbres no alcanzadas en la Historia de la Humanidad.
De entrada, la empresarialidad supone la introducción de nuevos procesos de producción para crear ex novo bienes o servicios inexistentes o aplicar formas innovadoras para fabricarlos. El empresario es el protagonista de decisiones cuyo descubrimiento de oportunidades no advertidas por otros le permite apartarse de la rutina de lo conocido. El beneficio obtenido es la recompensa al pionero que abre caminos inéditos, inexplorados, que le proporcionan ganancias pero que también se extienden al conjunto de la sociedad. Y esa actividad innovadora cuajada de riesgos e incertidumbre es y ha sido el motor del progreso económico, de los grandes saltos de productividad existentes desde los albores de la Revolución Industrial hasta esta hora del siglo XXI.
EL EMPRESARIO ES EL PROTAGONISTA DE DECISIONES CUYO DESCUBRIMIENTO DE OPORTUNIDADES NO ADVERTIDAS POR OTROS LE PERMITE APARTARSE DE LA RUTINA DE LO CONOCIDO
Pero la empresarialidad no se restringe a la puesta en el mercado de productos o técnicas de producción novedosas. Es también la habilidad de ver o intuir donde los nuevos productos se han convertido en insospechadamente valiosos para los consumidores y donde la aplicación de nuevos métodos de producción es factible. A diferencia de lo sostenido por la sabiduría convencional, la función empresarial no consiste en alterar la curva de costes o de ingresos, sino en advertir con anterioridad a los demás que, de facto, esa mutación ya se ha materializado. Desde esa perspectiva, los empresarios son una fuerza transformadora constante del sistema económico y, a la vez, un elemento equilibrador del mismo. Al aprovechar y explotar la presencia de oportunidades inadvertidas, contribuyen a asignar los recursos hacia las actividades más productivas. De este modo, el beneficio es el resultado de descubrir y anticipar situaciones no conocidas y servirlas mejor y a unos precios más bajos que los demás.
A menudo se acusa a los empresarios de tener poder y de ejercerlo para poner la economía al servicio de sus intereses. Este tipo de planteamientos olvidan algo elemental: quien decide qué ha de producirse son los consumidores. Si aquellos no obedecen de manera estricta las ordenes de éstos manifestadas a través de la estructura de precios incurren en pérdidas y quiebran, siendo desplazados por otros que sí han sabido satisfacer las exigencias de sus clientes. Son estos con su voto democrático quienes deciden si vale o no la pena adquirir una mercancía o un servicio y éste es un plebiscito cotidiano. De él desaparecen los empresarios que no reciben el respaldo de sus votantes: los consumidores. En la actividad política, los actores reciben un mandato por un tiempo a priori determinado; el empresario no tiene ese margen. Se somete a un test diario de supervivencia.
Sin embargo, la figura del empresario tiene un significado y un alcance mucho más profundo e importante que el de su papel en el sistema económico. Su actividad es la expresión de un principio básico: el derecho de los individuos a perseguir los fines que deseen siempre y cuando no vulneren los de los demás a hacer lo mismo. Los hombres de empresa optan por usar su libertad para pensar, actuar y, en caso de tener éxito, recoger los frutos de su talento, de su esfuerzo, de asumir riesgos ante lo desconocido; en suma, para elegir la vida que desean y aceptar las consecuencias de su decisión. En pocos ámbitos como en el empresarial el binomio libertad responsabilidad tiene tanta plasticidad.
LOS EMPRESARIOS SON UNA FUERZA TRANSFORMADORA CONSTANTE DEL SISTEMA ECNONÓMICO Y, A LA VEZ, UN ELEMENTO EQUILIBRADOR DEL MISMO
Su profesión, como cualquier otra, es sólo la manifestación del inalienable derecho de todo ser humano a emplear su inteligencia y su trabajo como estime oportuno y, por tanto, a asumir los costes o los beneficios de sus acciones. El empresario, da igual la dimensión de su compañía,
es racional, creativo, resuelto y, en numerosas ocasiones, visionario. Estas son las virtudes precisas para asumir el desafío de lo incierto. No usa, al contrario que el Gobierno, la fuerza para conseguir sus objetivos. Crea, no destruye. Ofrece a sus semejantes bienes y servicios que ni imaginaban podrían disponer o los ya existentes con mayor calidad y a menor precio.
Por todo ello, el empresario no ha de justificar ante nadie su acción, enmarcada en reglas básicas de un Estado de Derecho: no recurrir a la violencia, a la coacción o al fraude para lograr sus objetivos. En consecuencia, no tiene porqué estar al servicio de ningún fin colectivo impuesto de manera coercitiva por nadie ni ha de realizar función social alguna, término tan habitual como vacío de contenido real excepto para quienes quieren controlar las empresas y, en último término, destruir la economía de mercado. Su búsqueda del interés propio sólo es posible sirviendo a los consumidores y eso basta.