María Jesús Fernández
ECONOMISTA SÉNIOR DE FUNCAS
Las empresas españolas en la etapa postpandemia: No es oro todo lo que reluce
La pandemia de 2020 y la sucesión de shocks que tuvieron lugar en los años siguientes –escasez de suministros, guerra de Ucrania, crisis energética, inflación– no parecen haber ejercido, en contra de lo que se temía, un impacto estructural y duradero sobre las economías desarrolladas, en general, y sobre la española, en particular. En el caso de nuestro país, concretamente, con un elevado peso de
las pymes –menos resistentes, en principio, que las grandes empresas– y una elevada especialización en las actividades más afectadas por la pandemia, se esperaba una importante destrucción de tejido empresarial y de empleo.
Sin embargo, el empleo se recuperó de forma asombrosamente rápida tras la finalización de las restricciones derivadas de la crisis sanitaria, y ha aguantado de forma también asombrosamente tenaz la crisis energética desencadenada por la invasión de Ucrania, incluso en Alemania, cuya industria ha sido una de las más afectadas por esta última. Las tasas de desempleo en Estados Unidos y Europa se encuentran en mínimos históricos, mientras que en España se encuentra en el nivel más bajo de los últimos 15 años. Tampoco la finalización de las políticas monetarias de expansión cuantitativa y las subidas de los tipos de interés han conducido a un aterrizaje brusco de la economía, como se temía que podría suceder. Y la rentabilidad empresarial ha vuelto a los niveles prepandemia. El término de moda es la resiliencia.
Sin duda, las medidas aprobadas al inicio de la pandemia en todos los países desarrollados, como los ERTEs y los créditos avalados por el ICO en el caso de nuestro país, fueron esenciales para evitar los peores pronósticos, pero también lo fue la saneada situación de partida de un sector empresarial español que supo hacer sus deberes en los años posteriores a la gran crisis financiera, algo que no ha sido suficientemente vindicado ni valorado.
Pero no es oro todo lo que reluce, y las grandes cifras esconden diferencias importantes en cuanto al desempeño de grandes y pequeñas empresas. Así, el número total de empresas inscritas en la Seguridad Social no ha recuperado el nivel de 2019, concentrándose la caída precisamente
en las más pequeñas, de menos de seis trabajadores, y más especialmente en las microempresas de uno y dos trabajadores, mientras que el resto han incrementado su número.
Asimismo, los 1,3 millones de afiliados a la Seguridad Social que se han creado desde 2019 se localizan en las empresas de mayor tamaño, sobre todo en las de más de 500 trabajadores, mientras que en las más pequeñas se ha producido una destrucción de empleo, especialmente
intensa en las de uno y dos trabajadores.
Posiblemente, las secuelas de la pandemia y los shocks posteriores no sean el único factor explicativo del declive sufrido por las empresas de menor tamaño. También pueden haber influido aspectos regulatorios, como el aumento de la presión fiscal o la subida del salario mínimo
interprofesional. Este último factor, en concreto, puede haber ejercido un impacto más relevante de lo que parece. De hecho, fue precisamente en 2019, el año en que entró en vigor el incremento del 22% del SMI, cuando se inició la caída en el número de empresas de pequeño tamaño y en su número de trabajadores, truncando la tendencia de crecimiento de los años anteriores, mientras que el resto de empresas continuaron aumentando. Las más pequeñas, de uno y dos trabajadores, solo en ese año redujeron su número hasta el nivel de cuatro años antes. Y tras la recuperación parcial en 2021 del desplome sufrido en 2020, su número siguió descendiendo durante 2022 y
2023.
La cuestión del impacto de las subidas del SMI sobre las pequeñas empresas merece un análisis en profundidad. Un estudio llevado a cabo por el Banco de España confirmó que dicha medida tuvo un efecto negativo sobre el empleo, pero no especificaba qué tipo de empresas habían sido las más perjudicadas. Cabe pensar que serían precisamente las de menor tamaño, puesto que son las que pagan salarios más bajos, lo cual tendría repercusiones negativas más allá del impacto directo en el número de empresas o de empleos de este tipo. Puede argumentarse que la desaparición de empresas pequeñas y no lo suficientemente competitivas como para pagar el SMI no es tan grave, ya que su hueco en el mercado será ocupado por otras más competitivas.
Pero este argumento olvida algo esencial, y es que la microempresa es la forma en la que se materializa un proyecto empresarial de un emprendedor individual en su fase inicial. Si tiene éxito, crecerá, se consolidará y será capaz de crear más y mejores empleos. Un salario mínimo demasiado elevado, unido a una sobrecarga regulatoria y fiscal, puede actuar como una barrera insalvable a la hora de poner marcha un proyecto. Y una microempresa que no nace, es una empresa que no se consolidará, no crecerá, y no llegará nunca a aportar con su presencia dinamismo, competencia, innovación, empleo y riqueza a la economía.