Reseña

La teoría del dinero y el crédito

Ludwig von Mises

Pese a haber sido escrita en 1912, La teoría del dinero y el crédito, de Ludwig von Mises (Lviv, Ucrania, 1881 – Nueva York, 1973), tiene plena vigencia. Su lectura es exigente, pero se trata de una obra maestra para comprender los mecanismos de la economía monetaria. Un aspecto de la economía que Mises nos muestra desde una perspectiva diferente a las corrientes que luego se hicieron predominantes.

La obra comienza tratando el origen del dinero. El dinero no es una creación estatal, sino el resultado de un proceso evolutivo, algo similar a la forma en que surgieron los idiomas, el derecho o la moral: por procesos evolutivos. En las sociedades primitivas, el trueque -es decir, el intercambio directo- era la forma de comerciar. Pronto surgió el problema de la doble coincidencia: si uno quería intercambiar huevos por patatas, debía encontrar a alguien que tuviera patatas y quisiera huevos. Para superar esta dificultad, algunas mercancías comenzaron a ser más demandadas, pero no por su utilidad directa, sino por su capacidad para facilitar intercambios. A lo largo del tiempo, el oro y la plata fueron los medios de intercambio que prevalecieron, convirtiéndose en dinero (medio de intercambio indirecto).

La idea del dinero como una herramienta del mercado y no como un instrumento del gobierno puede verse incluso hoy como transgresora. Porque eso, por ejemplo, sería coherente con la emisión de moneda por parte de entidades privadas y porque la forma de observar el fenómeno de las criptomonedas cambia por completo. La idea de Mises nos recuerda que el valor del dinero depende de la confianza que el mercado tenga en su capacidad para ser un medio de intercambio eficiente.

El tema crucial del libro es su análisis sobre el ahorro, el crédito y su relación con la política monetaria. El punto central es que no puede haber crédito sin ahorro. Sin embargo, el sistema de reserva fraccionaria permite a los bancos prestar no sólo depósitos a largo plazo (ahorro) sino también saldos para transacciones. Así, hay préstamos que no se financian con ahorro. Esa falta de correspondencia entre crédito y ahorro origina una serie de efectos que, a la postre, según Mises, explican los ciclos económicos de auge y caída.

Por ejemplo, imponer un tipo de interés inferior a su nivel natural provoca una oferta y demanda de crédito mayor que la que permitiría el volumen de ahorro real. Las decisiones de inversión se toman como si ese tipo inferior fuera el real. Eso deriva en un exceso de inversión y una carencia de ahorro. Cuando esto se generaliza en la economía, durante la ejecución de los proyectos se observa que los recursos (materias primas, mano de obra, etc.) no están disponibles (porque no fueron ahorrados), por lo que la demanda por ellos eleva sus precios. Los proyectos, que se iniciaron pensando en obtener una determinada rentabilidad, rinden menos o, en el peor de los casos, no pueden completarse. La crisis subsiguiente es el mecanismo para reajustar la inversión al volumen de ahorro disponible. Piénsese ese mecanismo en el mundo actual, donde a la falta de correspondencia entre crédito y ahorro se añaden capas de estímulos monetarios y fiscales, que distorsionan aún más las señales que reciben los agentes económicos, multiplicando las malas inversiones. De ahí a los ciclos de auge y caída hay sólo un paso. Si recordamos lo que ocurrió en 2008, la teoría de Mises parece ajustarse a la realidad como un guante.

Un tercer punto fundamental del libro es la advertencia de Mises sobre los peligros de la inflación, que él define como el aumento de la oferta de dinero por encima de su demanda. Cuando los bancos centrales emiten más dinero del que la economía puede absorber, el resultado es una pérdida del poder adquisitivo del mismo. De hecho, Mises advierte que, en el fondo, en lo único que consiste la política monetaria es en la alteración del poder adquisitivo del dinero. Mises señala que la inflación no sólo distorsiona los precios, sino que también confunde a los inversores y castiga el ahorro. La observación de Mises sobre la emisión excesiva, que sólo pueden realizar los bancos centrales, y sus consecuencias negativas, sigue siendo tristemente válida actualmente, tras el rebrote inflacionario pospandemia.

Para evitar los males de la inflación y contribuir a un crecimiento económico sostenido, Mises aboga por una moneda sólida y estable. Él identifica moneda sólida con el patrón oro y, por eso, es una parte del libro que puede resultar antigua: Mises no podía imaginar que los avances tecnológicos podrían llegar a ofrecer otras alternativas. En cualquier caso, la lección sigue vigente: para que una economía se mantenga sana, necesita una moneda estable, y eso sólo se consigue restringiendo su oferta de alguna manera predecible y conocida por los agentes económicos.

La teoría del dinero y el crédito sigue siendo una obra capital porque ofrece un marco sólido para entender cómo el dinero, el crédito y las decisiones de política monetaria impactan directamente en el entorno de negocios y los ciclos económicos. Sobre esa base, comprender que el enfoque que hoy se considera “ortodoxo”, con bancos centrales manipulando la emisión monetaria y los tipos de interés, es pasible de una revisión profunda si el objetivo es una economía más estable.

Por Diego Barceló Larrán, director de Barceló & Asociados

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